No era cuestión de enredarme entre libros buscando eso precisamente, pues no sabía lo que era; no sabía definir lo que buscaba. ¿Cómo encontrarlo si no tenía ni idea? ¡Ni idea!
Algo intuía que era necesario: verlo en una pauta; escrito y analizarlo abstractamente. Según yo, la ventaja de analizarlo de tal modo era que comprendiendo la esencia, el patrón común, se me haría entonces mucho más sencillo dominar esa forma en la práctica. Definitivamente una cosa es composición y otra es ejecución. De la ejecución se aprende y se puede trabajar el patrón hasta que también se domina y se hace demasiado evidente. Pero lo que yo estaba buscando era desde la perspectiva del compositor. Trabajar con la fórmula más abstracta. La que aporta una de las abstracciones esenciales que a mí siempre me han afectado más como individuo. Pero por algún motivo, también intuía que mi camino lo vería más claro si lo viera ejecutado con el sentimiento incluido, pero cuya simpleza iluminara mi camino. Es decir, una simple fórmula no me diría nada por sí sola, pues en primer lugar, no sabría identificarla de entre todas. No es que yo vea una partitura y pueda deducir cómo suena. Estaría bien tener esa habilidad, pero aún no soy tan habilidosa en ese aspecto y ni sé si algún día lo seré.
Lo más curioso fue cómo llegó a mí este golpe iluminador: por puro azar. Aunque un azar que combinó todo un conjunto de factores, de esos que curiosamente resultaron ser nada más y nada menos que los que primordialmente me afectan como persona. Los cambios, una cadena de eventos aleatorios que llevan a una consecuencia sorprendente, el por qué uno no debe censurarse, una armonía no puramente especializada, por ejemplo, sólo música; sino la conjunción de tiempo, época, estado emocional, espiritualidad. Como el simple hecho de últimamente escuchar a Jorge Drexler todos los días, sus excelentes letras y sentimiento general que mucho tienen de eso. Pero finalmente toda esa armonía presente hubo de llevarme casualmente a un lugar alternativo e impensable que me haría descubrir exactamente lo que estaba buscando musicalmente. Es decir, nutrió de forma importante mi identidad, mi pasión, mis objetivos particulares. Me llevó a identificar lo que busco musicalmente y a concretar mucho mejor mi camino (al menos el actual).
Cuando la gente me dice que me busque un estilo personal, que me defina como músico, a mi me suena a limitante en primera instancia. Tal vez a una limitante fatal. ¿Por qué habría yo de querer sonar igual todo el tiempo? ¿Por qué no querría yo cambiar de estilo en ningún momento? ¿Por qué habría de abandonar radicalmente mis maneras actuales de ejecución solo porque les falta pulirse, porque aún no se distinguen mucho de mis influencias, aunque expresivamente me sigan satisfaciendo?
Poniéndome más estricta, fácilmente me puedo zafar de aquél prejuicio inicial, encasillado dentro de la visión popular del término. Cuando me pregunto a mí misma en qué me importa el estilo, a mí me suena ahora a que me haga de una personalidad propia. Claro que no de una ajena e incoherente, sino de una brutalmente sincera y afín a mi ser cotidiano. Así se vuelve uno un músico con carácter, con la capacidad de hablar y también de defenderse. Bastante alejado queda este propósito de la añoranza de convertirse en un maniquí comercial y en una imitación vil. ¿Qué mejor arma para lograr tal objetivo que el propio autodescubrimiento? Un músico que se conoce a sí mismo; sus afecciones, cualidades, debilidades, modos de trabajar. Encontrar un estilo musical se convierte entonces en buscar la manera de transmitir el yo a través de la música; en aprender a mostrarte a ti mismo usando como lenguaje y vía de expresión a la música. En reconocer esos timbres, sonidos, estilos, formas musicales, armonías que destacan de entre lo demás por aportarnos, aunque no comprendamos totalmente el por qué, un impacto emocional significativo. Una razón suficiente para trabajar con ellas en particular, además de que será un descubrimiento personal muy gustoso y satisfactorio, pues a partir de la personalidad propia, gustos y sensibilidades particulares, uno se abre camino para explotar al máximo sus posibilidades creativas.
¿Y si tu personalidad posee el atributo de ser multifacético? Tiene su chiste capturar la esencia de toda una personalidad, pero en cuanto lidias con una, será probablemente más fácil pasar a la siguiente, y luego a la siguiente, y luego a la siguiente. Un símil absoluto con un buen actor teatral o cinematográfico.
No se exime uno de tener que tomar decisiones al respecto de qué camino tomar con respecto al vasto mundo de posibilidades que nos ofrece la música…y el arte en general. Tantos instrumentos, tantas posibilidades de ejecución, de composición, tanta potencialidad creativa por todas partes puede resultar un factor inhibidor demasiado excesivo y abrumador. Puede desviarnos hacia rutas que no nos llevarán a ningún lado, o que al menos complicarán o confundirán nuestras metas. Si aprendemos a identificar y a valorar los detalles que más nos importan y que nos vuelven únicos como individuos, tanto en materia musical como para la sensibilidad en general, entonces los objetivos artísticos se vuelven mucho más claros.
Así se puede decidir más sencillamente si fomentar el virtuosismo en un instrumento, o si mejor ser compositor, y qué tipo de compositor. O si se gusta trabajar en las tres materias, qué tanta dosis de cada una incluir. Si se gustaría ser multidisciplinario y conjuntar artes visuales con música, literatura y/o ciencia, hay que saber desdeñar no por ignorancia, sino por cuestión de practicidad y supervivencia propia, el conocimiento que no requerimos. Hay que aprender a reconocer qué es lo que se siente mejor.
En mi caso, fue el descubrir cuán esencial son para mí los arpegios, que por razones misteriosas provocan una intriga, vulnerabilidad e hipnotismo en mi persona que no puedo dejar de atender y disfrutar. Es una necesidad, una obsesión compulsiva musical que me nutre al instante, pues es una estructura que me atrapa sin pensarlo, me distrae desde el momento en que aparece en el espacio, ya sea en forma de banda sonora, o como protagonista, con voz de guitarra, violín, piano o sintetizador. No hay excepción. No importa si sea muy simple o muy compleja. Son parte de mi personalidad innata. Tal vez creceré y algún día no me importarán tanto, pero no lo puedo saber, ni me interesa de momento. Estoy fascinada. Apantallada. Me costó darme cuenta; algunos lo dan por hecho desde un principio, así que les confieso mi admiración. Aunque lo que me da orgullo, fue todo el contexto envidiable, único e irrepetible en el que se desenvolvió mi descubrimiento. Como una buena historia cinematográfica.
Fue ayer. Ayer mi mente estaba en donde tenía que estar, al igual que mi corazón. También la aleatoriedad cibernética que ejerzo inconscientemente con mucha frecuencia. Mis propias debilidades me llevaron a John Frusciante, luego a aquélla pintura de Alfred Gockel, que me llevó a buscar un poco más y llegó al lugar innombrable en el que un piano comenzó a sonar; de simpleza absoluta, pero con el sentimiento y lo suficientemente ilustrativo de la figura que siempre estuve buscando. Inmediatamente identificado. Me costó trabajo averiguar la proveniencia y el nombre de la pieza, pero lo logré. Enloquecí. Encontré la partitura que en algún momento imaginé que me guiaría por siempre. La encontré en medio de mis obsesiones, pero esta vez al exterior de mi mente, palpable y real, en un momento impredecible, de armonía y revelación absoluta. Y con mucha suerte.

Wow, no sabía que pensaras así, platiquemos, platiquemos mas allá de la convivencia habitual en una escuela de música.
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