Llegados a este punto de la historia, es muy fácil hacer música, y el oficio que antes estaba reservado sólo a conocedores ahora puede resultar un ejercicio cotidiano y hasta sin chiste para muchos, dado el fácil acceso a diversos recursos: vas a tu puesto pirata favorito, compras un software, inviertes un poco de tiempo en aprender a usarlo,… y listo. Cualquiera puede decir que hace y produce música. A decir verdad, una actitud eminentemente egocéntrica y falta de seriedad. Queda claro que me refiero al caso más extremo en cuanto a creación musical.
En la delgada línea que separa a los diferentes tipos de creadores musicales que encontramos en la actualidad, “los profesionales”, están en primer término los músicos propiamente dichos (ejecutantes, compositores, arreglistas), los productores e ingenieros de sonido (las personas que consolidan la obra en términos conceptuales y en la parte técnica -como son la mezcla, el conocimiento profundo de las herramientas de grabación o procesamiento del audio- y en aspectos de calidad de sonido), y los diseñadores de sonido (computación, programación, rigor científico).
Hasta hace no mucho tiempo, el músico era El Creador Musical por excelencia, así, con mayúsculas. Lógico: músico hace música. Pero la producción es lo de hoy, dicen por ahí. Y en verdad que es grato tener una grabación con sonido agradable, coherencia y audio de calidad que aporte profesionalismo a la obra. Algo relativamente sencillo si se piensa en que las herramientas de producción, por ejemplo, están a la mano. Lo cierto es que la producción demanda a su vez una buena dosis de dedicación. He aquí el dilema: hay quienes prefieren ser más músicos que productores, otros escogen un término medio y otros más se declaran decididamente productores.
Pero vaya, está bien especializarse como productor, aunque eso no implica relegar la cuestión musical, fundamental en todo caso. Son aspectos que van de la mano. Y lamentablemente muchos productores no lo asumen así. En especial sucede en el caso de la música electrónica: es fácil programar unos bombos y unos platillos sincopados, jugar sobre eso y conseguir una rola. Sin necesidad de tener un agudo oído musical, muchos de los productores actuales de música electrónica pueden conseguir ocho, diez minutos, una hora, de un sonido monótono, sin cambios ingeniosos, lo que manifiesta sobre todo una falta de creatividad absoluta y la simple imitación de música ya existente, pero que posee la “ventaja” de tener una calidad muy limpia de audio y que por ese solo hecho suele ser aceptada como música profesional. Tremendo error. Ése es el origen de tanta música electrónica tan mal hecha: desalmada. Creada fácil y rápido, reflejo del bit flojo y conformista de productores y escuchas, que no necesita de músicos experimentados, capaces o talentosos ni de mucho presupuesto ni trabajo y aun así consigue popularidad y el “bono” de infiltrarse en los medios con categoría artística. Alimento suficiente para el ego, por cierto. Ahí está el grueso de la producción de música electrónica que podemos escuchar en la radio especializada y que reproduce al hartazgo una fórmula melódica que por muy prendedora que pudiera parecer carece en el fondo de la más mínima calidad musical, no digamos de contenido.
Pareciera que entre este tipo de productores de música electrónica prevaleciera cierta necesidad de pertenecer a una sociedad cosmopolita, y que incapaces de comunicarse en ese ámbito por medio de la creatividad prefirieran diluirse en el anonimato de un sonido manufacturado para mover infaliblemente a la gente a un ritmo monótono pero carente de expresividad emocional. Pero la posibilidad de adentrarse y explorar el sonido no es tan lejana ni siquiera para ellos, pues paradójicamente en saber construir y manipular los sonidos radica la libertad creativa en el campo de la música electrónica actual. Por eso me parece que esta ciencia del sonido puede dotar a un productor de música electrónica de más creatividad y mayor identidad, lo que en combinación con las habilidades ingenieriles del creador musical contemporáneo daría como resultado una obra de mucho carácter y pasión. Tal especialidad en el sonido podría no requerir de teoría musical muy compleja ni de un oído muy entrenado, ya que primordialmente las texturas, los sonidos únicos y una composición musical muy básica darían carácter a la obra. Una paradoja: esta orientación a la creación musical no supone que uno sea músico o compositor profesional.
La elección sería entre ser más espontáneo, más “profesional” o más nerd, o una combinación de estas posibilidades. Pero es un hecho que los tiempos han cambiado y que no sólo los músicos hacen música. Aunque también es cierto que la formación musical dota a la obra de calidad humana y emocional, de alma, puesto que su punto de partida es el placer musical. Así, entre músicos, productores y diseñadores de sonido, los primeros destacan como los verdaderos magos de la música. Hay algo lógico ahí ¿no?
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Hace 1 semana

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